Raúl, el pulpo y el helado de tres sabores




Raúl era una niño salvaje con todas las edades. Un ser inocente, libre y silvestre al que le gustaba mucho cuidar y jugar. Vivía con su familia en las montañas, en la sierra de Olaba, al lado justo de un nido de águilas marinas. ¡Le encantaban las águilas!

Todas las mañanas se despertaba con su sonido y enamorado de él, lo repetía desde su cabaña silbando en lo alto.(silbido)

Lo primero que hacía al despertar era este sonido maravilloso. Y después pensaba en todas las personas y animales que iba a ayudar en el día. Cogía todo lo necesario para cuidarles: flautas para tocar, agua para regar, comida para alimentar…y se iba andando en su búsqueda.

Ese día soleado de verano así lo hizo también.

Las águilas marinas, que le miraban empáticas antes de marcharse le decían:

– ¡Qué de cosas! – Si todo lo que llevas fueran conejos tendríamos comida para dar alimento a toda la bandada de la sierra y más.

Raúl no percibía lo mismo. Él sentía que podía llevar más y más y que podía dedicar todo el día a ayudar.

A veces Raúl recordaba el mensaje de las águilas y se preguntaba «¿serán muchas cosas las que llevo? – Pero luego, convencido se decía así mismo – «no, puedo con ellas. Y me hace feliz ayudar a los demás. No son muchas cosas». Y siguió su camino con cosas en la espalda y en ambas manos.

Ese día visitó a los caballos, a los camaleones, a los meros, las mantas, la tribu del valle azul, los elfos de Rivas y los humanos de Gijón.

Dibujó un mensaje en la bruma para su amiga el ave de lira mientras paseaba por el puerto con el colibrí rosa que jugaba con su cinta para danzar. Arturo continuaba con muchas cosas sobre su cuerpo mientras disfrutaba del paseo.

En un momento dado, el colibrí le dijo a Raúl:

– ¡¿Tomamos un helado?! ¡Venga, vamos! Tengo muchas ganas!

Raúl no había contado con eso y no tenía manos para sujetar el helado porque tenía muchas cosas que sujetar.

Algo sucedió en ese momento que apareció un pulpo de repente del mar, quizás venía enviado por la musa del mar, que tenía por costumbre hacer regalos especiales en situaciones especiales.

– Yo tengo ocho tentáculos – le dijo el pulpo. Permíteme que lleve algunas cosas de las que llevas.
– ¿Y qué hago con la otra mano? – le preguntó Raúl.
– ¡Saluda y disfruta del helado! – Le dijo el pulpo.

Raúl se sorprendió y sonrió. No estaba acostumbrado a que le ayudaran.

Se paró, dejó todas sus cosas, saludó y disfrutó del helado con la compañía del colibrí.

– Saludar es dar salud – le dijo el pulpo de nuevo.

Raúl sonrió.

En ese momento miró el cielo y vió a un águila marina, que había cogido espuma del mar con su pico, pintó con ella en el cielo tres nubes que decían en su interior: «dar, recibir, pedir».

Raúl volvió a sonreír con agradecimiento.

Ese mismo águila bajo de lo alto y según se acercaba este niño salvaje se reconocía en su mirada.

Esa noche de verano, junto al puerto, el águila le dijo a Raúl al oído:

– Nosotras para volar no necesitamos acarrear nada en nuestras alas, es más, si acarreamos algo no podemos volar. Tampoco necesitamos acarrear cosas para ser amadas. Sentimos la seguridad de que vivimos en el amor y elegimos dar amor como cuando vamos a explorar y traemos alimento al nido. No lo hacemos como un acto de precaución para que el amor no se vaya sino sabiendo que el amor ya está en el presente. Lo hacemos como un regalo que lo hace crecer aún más.

Desde entonces Raúl viaja como un águila salvaje, con una mano libre para dar salud a sí mismo y a los demás seres vivos y en la otra lleva un helado de tres sabores para disfrutar durante el camino.

 

FIN

Sandra de Rivas (Verano del 2015)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *