Experiencia personal de autosanación

¿Dónde ponemos la atención cuando nos encontramos en un proceso de sanarnos, en ocasiones intenso?

En el pasado, cuando mi cuerpo se desequilibraba por una enfermedad o bien por un proceso de transformación física, quizás con dolor o malestar, delegaba mi sanación en los/as demás. Mis pensamientos de alguna manera estaban relacionados con que mi salud dependía de otras personas, esperaba un/a “salvador/a” de lo que me sucedía.

 

En función de mis últimas y nuevas experiencias, cada vez soy más consicente de que el proceso de sanar y de equilibrio homeostático depende en gran medida de nosotras/os, de lo que decidamos. Tenemos la luz y fuerza para sanarnos y podemos aprender los recursos para ello. Esto no significa que no nos abramos a la ayuda externa también si es necesario, es más nos necesitamos como humanos y animales. Estoy hablando del enfoque que hacemos en las situaciones y cómo las resolvemos.

 

Hoy quiero recordar el valor y la grandiosidad de nuestro poder sanador y compartir una corta experiencia personal:

Esta mañana, estando esperando sentada después de unos análisis de sangre y glucosa sin desayunar, me he mareado. En otras ocasiones quizás me hubiera dejado llevar por lo que sucedía, esperando quizás un estímulo externo que me dijera qué hacer. Esta mañana no. Cuando me ha venido el mareo ya lo estaba reconociendo en mi cuerpo y he hecho tres cosas: dar, pedir y recibir.

Dar(me) en este caso lo que necesitaba: inspirar y expirar. Poder volver a la luz cuando me alejo a otro lugar sin quererlo, darme confianza con mi respiración, darme a mí misma una salida cuando estoy dentro de un “laberinto” o cuando lo que veo se empieza a nublar. Cuando confío en los recursos que ya tengo y me digo estos pensamientos optimistas y llenos de luz, que tienen más que ver con mi poder de sanación personal, y no con esperar a que llegue alguien que me salve, conecto entonces con mi fuerza, mi sabiduría y me siento más segura y confiada.

 

Al mismo tiempo conecto con mi vulnerabilidad y también me permito apoyar mi rostro sobre alguien o abrir mi mano para que me acaricien.

Estar vulnerables y permitírnoslo no es ser “menos” que nadie ni tampoco es dejar que hagan lo que quieran de nosotras/os. Pedir es un acto sincero y amoroso y es maravilloso. La vulnerabilidad es un estado de fragilidad que podemos compartir con amor, integrado con un lenguaje común de aceptación, respeto y cuidado.

 

En ese momento del mareo, necesitaba permanecer sentada inspirando y expirando con un “aaa…”, sonido que llevaba a mi cuerpo indicándole con mi voz un mensaje de armonía. Raúl me quería ayudar interviniendo con otras cosas amorosamente, aunque en ese momento no las necesitaba. Le pedí entonces que simplemente estuviera presente, como lo estaba, en este caso en silencio y que me acariciara repetida y suavemente la mano.

Pedir también requiere coraje. En un momento de mareo, donde la inercia y quizás lo más “fácil” es abandonar el cuerpo y no hablar o mantenerse inmóvil, es un acto de amor indicar qué necesitamos de forma concreta manteniéndonos conectados con nosotras/os mismas/os.

Me había ido a otro lugar y había regresado con amor.

– Ya estoy mejor. – Le dije en un momento saliendo de ese semitrance. – Gracias por acompañarme. Te amo.

Después de un rato, desayunando, le compartí emocionada lo que había significado para mí ese momento de aprendizaje.

-La frase: “Puedo inspirar, expirar y darme vida” me tocan muy profundo. – Le dije acariciando mi panza. – Puedo confiar en mí para traer a Zoe a la vida. – lloraba sonriendo mirándole a los ojos.

 

Este es un mensaje también hacia las mujeres del mundo: hermanas, hijas, amigas, madres…¡somos el poder dentro de nosotras, somos sabiduría ancestral, amor, luz y vida!

Sandra de Rivas H.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *